Ironía
— Amiga, ¿Team números o team
historias?
— Depende ¿estamos hablando de investigación o de Instagram?
Esta semana hablamos en clase
sobre Investigación Cualitativa vs Investigación Cuantitativa, y aunque al
principio parecía solo decir lo obvio, terminé entendiendo que en realidad es
una discusión sobre cómo vemos la realidad: si creemos que se mide o se
comprende.
En el video sobre investigación
cuantitativa, se explica que este enfoque se centra en el análisis de
relaciones entre variables, el contraste de hipótesis y la validación teórica.
(Usé el consejo del profe, nada de negritas en medio de los párrafos). Nada es
improvisado. Todo parte de un marco de referencia sólido, donde se identifican
constructos, se definen variables independientes y dependientes y se
seleccionan instrumentos de medida externos al investigador.
También se menciona que la
representatividad de la muestra depende del objetivo del estudio: en
investigaciones descriptivas se requieren muestras probabilísticas (Lo vi esta
semana en estadística y me acordé de investigación social) mientras que en
investigaciones explicativas muchas veces se utilizan muestras de conveniencia,
como estudiantes universitarios. Esto me llamó mucho la atención porque refuta
la idea de que siempre se busca representar a toda la población.
Además, el video resalta que la
fortaleza principal de la metodología cuantitativa es la explicación,
especialmente cuando se analizan relaciones causales entre variables. Para ello
se utilizan técnicas estadísticas univariadas, bivariadas o multivariadas,
dependiendo del tipo de hipótesis planteada.
Hasta ahí todo suena lógico,
estructurado y potente. Pero mientras escuchaba, no podía evitar pensar que
vivimos en una sociedad obsesionada con cuantificarlo todo. En segundo
semestre, por ejemplo, la clase de inglés me generaba un estrés gigante. Si
sacaba menos de 3, me sentía terrible. No importaba cuánto hubiera aprendido o
mejorado. El número definía mi estado de ánimo. 2.9 era fracaso. 3.0 era
alivio. 4.5 era orgullo. Mi autoestima dependía de una cifra o en este caso,
una nota.
Eso es pensamiento cuantitativo:
medir el resultado sin analizar el proceso. Si aplicáramos una mirada
cualitativa, la pregunta no sería solo “¿qué nota sacaste?”, sino “¿cómo
viviste el aprendizaje?”, “¿qué dificultades enfrentaste?”, “¿qué significó
para ti ese proceso?”. Y ahí entra el segundo video.
En el video sobre investigación
cualitativa, se plantea que este enfoque busca comprender la vida, los
significados, las interacciones y las experiencias humanas, más que
explicarlas en términos de causa-efecto. Se destaca que los seres humanos son
productores de conocimiento, independientemente de su nivel educativo. Esto
rompe con la idea de que solo la academia produce verdad.
También se menciona que la
teoría en investigación cualitativa puede construirse de manera emergente,
es decir, no siempre parte de hipótesis cerradas, sino de conceptos que se
transforman a lo largo del proceso. El diseño es flexible, emergente y
multicíclico, lo que significa que puede modificarse según lo que revele el
trabajo de campo.
Algo que me pareció clave es que la
investigación cualitativa se basa en la intersubjetividad, en el diálogo y en
el reconocimiento del otro. El investigador no es un observador distante, sino
alguien que interactúa y construye sentido junto con los participantes.
Y aquí es donde no pude evitar
conectar todo con redes sociales.
Una vez tuve un video “viral” en
TikTok. 93 mil vistas. 13 mil likes. Recuerdo perfectamente la sensación de
validación que me dio. Era como si esos números confirmaran que lo que hice
tenía valor. Y si no le hubiera ido así de bien, probablemente lo habría
borrado. ¿Por qué? Porque hemos aprendido que lo que no tiene números altos no
importa.
Tengo amigas obsesionadas con los
likes en sus publicaciones y con la cantidad de seguidores. Si una foto
no alcanza cierto número, la eliminan. Si pierden seguidores, se estresan. Todo
se convierte en estadística personal.
El problema no es la
cuantificación en sí. De hecho, gracias a datos cuantitativos podemos
evidenciar problemas reales: aumento de ansiedad en jóvenes, horas excesivas en
redes sociales, desigualdades estructurales. Los números visibilizan fenómenos.
Pero los números no explican cómo
se siente una persona que borra una foto porque no alcanzó suficientes likes.
No describen la presión silenciosa de compararse constantemente. No capturan el
significado emocional detrás de un “3.0” en inglés.
Ahí es donde la investigación
cualitativa se vuelve necesaria. No para reemplazar la cuantitativa, sino para
complementarla. Para recordar que no todo lo importante se puede reducir a una
variable medible.
Tal vez el problema no sea elegir
entre cualitativa o cuantitativa, sino cuestionar por qué hemos empezado a
medir cosas que deberían comprenderse. Si nuestra autoestima depende de
números, si nuestro valor se mide en likes y si nuestro aprendizaje se
resume en una nota, ¿no estaremos aplicando mal la lógica de la medición?
¿Y si el verdadero problema no es
la metodología, sino la manera en que estamos usando los números para definir
quiénes somos?
En fin… Al final de la clase hicimos un Blooket. Gritamos, nos reímos, nos estresamos, competimos como si fuera el torneo más grande del mundo. Quedamos en segundo lugar, pero con un porcentaje de precisión un poco malo, lo cual es irónico si hablamos de investigación cuantitativa. Si solo miráramos el número, podríamos decir que “nos fue mal”. Pero entendimos las preguntas, debatimos respuestas y aplicamos conceptos. En ese momento me di cuenta de algo: el porcentaje era cuantitativo, pero el aprendizaje fue cualitativo. Tal vez no tuvimos la mejor precisión, pero sí construimos comprensión. Y entonces me quedó rondando una última idea: si incluso en un juego académico los números no alcanzan para medir lo que realmente aprendimos, ¿por qué insistimos en dejar que definan todo lo demás?
Referencias:
https://youtu.be/8LFZldYnQRE?si=_7sHmnc1uIZcjAbm
https://youtu.be/C677kdLS2BI?si=ANsCQwgMx89vJWb_
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