martes, 10 de febrero de 2026

Investigación Bitácora 2

 

The only thing more powerful than hate is love <3

Por: Gabriela Duarte

 - Lit, amiga

- ¿Lit? Como el nivel literal de mi bitácora de Investigación de la semana pasada.

Honestamente la bitácora que hice la semana pasada fue de mis peores, ese nivel de creatividad y analítico critico que tuvieron mis ultimas bitácoras de teorías III no lo encontré la semana pasada por ningún lado. Esta semana mi propósito es volver a escribir así. Volver a la rutina es raro, es como retroceder dos semestres, la diferencia, es que no tengo la misma concentración en mi casa que en la biblioteca de la universidad un viernes a las 10 a.m.

Para iniciar, en la clase pasada el profe dijo algo que se me quedó sonando en la cabeza, y curiosamente es algo que mi mamá me repite mucho con ejemplos de su trabajo: la cultura del registro. Vivimos en un mundo donde aquello que no queda registrado de alguna forma es muy difícil de creer. Si no hay un correo, un contrato, una foto, un video, un pantallazo o un link, pareciera que el hecho nunca ocurrió. El registro se convierte en evidencia, en prueba, en verdad.

Esto, por supuesto, es muy eficiente en ámbitos como la investigación, el mundo laboral o incluso el ámbito legal. Todo debe quedar documentado, archivado, comprobado. Sin embargo, esta misma lógica puede volverse en nuestra contra. Un comentario dicho “sin pensar”, una broma fuera de lugar o una opinión lanzada desde la rabia puede quedar rodando en internet para siempre. Como dicen en redes: el internet no olvida.

Ejemplos hay muchísimos. Desde las chicas que hicieron comentarios clasistas sobre universidades en un live de TikTok, hasta participantes de realities que dijeron algo racista en televisión nacional y quedaron marcados públicamente. Lo que antes se perdía en el aire, hoy queda registrado, reproducido y amplificado. Esto nos obliga, queramos o no, a ser mucho más conscientes de lo que decimos, mostramos y publicamos.

La importancia de este cuidado se nota incluso en procesos tan formales como la solicitud de una visa. Al llenar el formulario, te piden que pongas tus redes sociales. No es tan simple como suena. El Estado literalmente quiere saber quién eres en internet. Esto me recordó una experiencia personal.

Volvamos a junio de 2024. En cada esquina sonaba “Mami, prenda la radio, encienda la tele”. Todo un país ilusionado con la Copa América, incluso si no te gusta el fútbol. Hasta que llegó el trágico día de la final contra Argentina. El corazón mío así como el de todo un país estaba roto. Para rematar, ver a Richard Ríos, Santiago Arias y James (los novios imaginarios de todas las colombianas) llorar fue demasiado.

Claramente, decidí hacer pública mi rabia en Twitter. Escribí algo sobre Argentina que prefiero no repetir acá para no cometer el mismo error dos veces. El tweet tuvo muchos likes, retweets y comentarios. En ese momento se sintió casi terapéutico: decir lo que sentía y que otros lo validaran. Pero días después caí en cuenta de algo: en el formulario de la visa había puesto mi Twitter. Me imaginé, exagerando un poco pero no tanto, a Trump leyendo mi tweet. El miedo fue inmediato. Decidí borrarlo y no arriesgar mi visa.

Esta experiencia me dejó pensando: ¿cuántas cosas se habrían podido evitar si pensáramos mejor antes de publicar? Muchas de las situaciones de hate, cancelación o bullying digital nacen de impulsos momentáneos que luego se vuelven permanentes. Las redes sociales, cada vez más, se sienten como un lugar menos seguro.

Me impacta especialmente cuando me aparecen cuentas de niños tan pequeños. Pienso en lo expuestos que están y en cómo, desde tan temprano, se enfrentan a dinámicas de validación, comparación y superficialidad. Además, hoy parece que cualquier persona siente la autoridad de opinar sobre cualquier cosa. Sobre cuerpos ajenos, vidas ajenas y decisiones ajenas.

Aquí aparece una pregunta incómoda pero necesaria: si publico mi vida u opiniones personales, ¿estoy de algún modo dando permiso para que otros comenten sobre eso? Un ejemplo claro es el caso de la chica que dijo que “no se puede ser gorda y mala amiga al mismo tiempo”. Ella publicó su opinión desde su cuenta personal, pero el comentario se volvió viral y recibió críticas masivas. Queda la duda de hasta qué punto el internet convierte cualquier opinión en un juicio colectivo sin límites.

Este fenómeno se relaciona con la Ley de Kidlin, que establece que “si puedes escribir el problema con claridad, ya tienes la mitad de la solución”. Esta ley plantea que redactar un conflicto de manera clara y específica elimina la ambigüedad y permite ir a la raíz del problema. En el contexto digital, esto podría aplicarse tanto a nivel individual como colectivo. Antes de publicar, ¿realmente sabemos qué estamos diciendo? ¿Hemos pensado el impacto, el contexto y las posibles interpretaciones?

A nivel global, esto se conecta con una generación que vive hiperconectada, pero muchas veces poco reflexiva. Adolescente o no, hoy todos estamos construyendo una identidad digital que puede perseguirnos durante años. Tweets viejos, videos fuera de contexto o comentarios impulsivos pueden reaparecer justo cuando menos lo esperamos. Tal vez la solución no sea dejar de hablar, ni dejar de opinar, sino aprender a registrar con conciencia. Pensar antes de publicar, escribir el problema con claridad, entender que todo lo que subimos puede volverse evidencia de quiénes somos. En un mundo donde todo queda registrado, cuidar nuestras palabras no es censura: es responsabilidad. 

En fin, las redes sociales pueden funcionar tanto como una herramienta que ayuda a la sociedad, como un espacio que termina afectándola. Todo depende del uso que les demos. Sin embargo, siento que hoy les otorgamos tanta importancia que, en lugar de acompañarnos, muchas veces nos abruman. Vivimos pendientes de una pantalla, de una notificación, de una opinión externa, y poco a poco nos vamos desconectando de nosotros mismos.

Ahora que recuerdo de hace dos semestres: Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, habla de cómo vivimos en una constante autoexplotación, donde creemos que siempre debemos estar produciendo, opinando y mostrándonos. Las redes sociales encajan perfectamente en esta lógica: nos exigen presencia permanente, respuesta inmediata y validación constante. El resultado no es una sociedad más comunicada, sino una sociedad agotada. Cansada de compararse, de explicarse y de justificarse todo el tiempo.

Perdemos demasiado tiempo en redes sociales, tiempo que podríamos invertir en cambiar muchas de las cosas que no nos gustan de nuestra realidad. Ser más productivos, buscar un trabajo, desarrollar un proyecto personal o simplemente descansar sin culpa. En lugar de eso, nos quedamos atrapados en el ciclo infinito de scrollear, observar la vida de otros y sobrepensar la nuestra, creyendo que estamos haciendo algo cuando en realidad seguimos en el mismo lugar.

Esto se relaciona con una lectura que tuvimos para Core la semana pasada, en la que se hablaba de vivir bien. El texto decía que, si nuestra realidad no nos gusta, siempre existe la posibilidad de actuar para transformarla, aunque sea con pequeños cambios. Vivir bien no significa negar el malestar, sino no quedarnos paralizados por él. Las redes sociales, muchas veces, nos ofrecen una falsa sensación de desahogo: opinamos, nos quejamos, reaccionamos, pero no transformamos nada.

Además, el exceso de exposición y opinión constante ha hecho que el odio circule con mucha más facilidad que la empatía. El hate o la "funa" parecen ser respuestas automáticas. Sin embargo, en medio de todo este ruido digital, vale la pena recordar que “The only thing more powerful than hate is love”. Elegir no responder desde la rabia, elegir el silencio, el cuidado o incluso el descanso, también es una forma de resistencia.

Tal vez tomarnos un descanso de las redes sociales no sea huir de la realidad, sino una manera de recuperarla. De dejar de vivir agotados, como plantea Han, y empezar a vivir de forma más consciente. Menos hacia afuera y más hacia adentro. Porque al final, ninguna publicación va a cambiar nuestra vida si no somos nosotros quienes decidimos hacerlo <3

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Investigación social cap. 10

  Guttmanchella & Likertchella  Por: Gabriela Duarte Por alguna razón siento que no hago bitácoras hace varias semanas, debe ser porque ...