lunes, 23 de febrero de 2026

Investigación social cap 4

Anótala Mario Hugo

Por Gabriela Duarte

Iniciamos presentaciones… en teoría de la comunicación III, con Dani fuimos de las primeras en pasar y ahora irónicamente somos las penúltimas. Menos mal lo mejor va para el final (y desde ya estamos pensando en un súper juego que les va a gustar mucho, no falten a nuestra presentación). Empezamos con Etnografía,  aunque supongo que a la mayoría del salón ya se nos hacía familiar esta palabra sin tener ni idea de qué significaba. Seguramente te preguntarás por qué mi bitácora se titula así. Resulta que, al iniciar las exposiciones, la profe, como siempre, iba a hacer un quiz. Como Isa y yo amamos sacarnos buenas notas en todo, tomamos la muy buena decisión de que una anotara y la otra se enfocara más en lo que decían nuestras compañeras. Cuando, de repente, a Isa se le vino a la mente un audio famosito de TikTok que dice:

“Tal vez viva en una jaula de oro, pero una jaula de oro sigue siendo una jaula”
- Oh, que buena frase, anótala Mario Hugo
*Lo anota*

Así que quisimos hacerlo. CLARAMENTE fuera del salón porque debíamos prestar atención, acá el resultado final:

Le pregunté a Isa si ella se había visto 31 minutos, la serie de donde sale este audio y me dijo que no, lastima porque esa serie explica mucho de la etnografía. De hecho, normalmente me siento muy Mario Hugo tomando nota como en un diario de campo. (También porque ama los perros y tiene muchos)

En medio de toda esa explicación sobre culturas, comunidades y formas de ver el mundo me acordé de un episodio y no cualquiera… sino el icónico episodio de “Huachinango sin hogar”.

Porque si lo analizamos bien, ese episodio es casi un mini trabajo etnográfico. No se quedaron mostrándolo desde lejos. Fueron a hablar con él. Se acercaron. Le preguntaron su historia. Intentaron entender qué significaba para Huachinango no tener hogar, cómo vivía, qué sentía.
Huachinango sin hogar
Eso es etnografía

No es mirar desde afuera y decir: “qué raro” o “qué triste”. Es acercarte, convivir, escuchar. Es hacer lo que el investigador hace cuando se integra al grupo y deja de ser solo espectador.
Y ahí entendí que muchas veces vivimos en nuestra propia jaula de oro, creyendo que sabemos cómo funciona el mundo. Pero cuando decides ir “allá”, cuando te sientas a hablar con el otro en vez de etiquetarlo, algo cambia. Ya no estás juzgando desde tu cultura sino que estás intentando comprender desde la suya.
Mientras escribía “método cualitativo (inmersivo)”, entendí que la palabra clave es inmersivo. No es llegar cinco minutos, tomar nota y ya. Es literalmente meterte en la realidad del otro. Es estudiar desde adentro. Es dejar de ser turista cultural y empezar a ser participante. Es escribir en el diario de campo no solo lo que pasó, sino lo que sentiste, lo que pensaste, lo que te cuestionó. Porque en la etnografía el investigador también es parte de la historia. Y ahí entra el enemigo número uno: el etnocentrismo.

Juzgar otra cultura usando la nuestra como medida. Básicamente decir: “si no es como yo lo hago, está mal”. Y eso lo hacemos TODO el tiempo sin darnos cuenta. Cuando decimos “qué raro”, “eso no tiene sentido”, “yo nunca haría eso”. Ahí estamos, felices dentro de nuestra jaula de oro.
Pero la etnografía te obliga a romper eso. Te empuja hacia el relativismo cultural. A aceptar que no existen normas éticas universales que funcionen igual en todos lados. Que lo que para mí puede ser extraño, para otro es tradición. Que lo que para mí es cotidiano, para otro puede ser impensable. Y el diseño etnográfico, que es básicamente comprender cómo una cultura vive y significa el mundo. No solo qué hacen, sino qué significa lo que hacen. Porque no es lo mismo describir una costumbre que entender lo que simboliza para ellos.

Al final, entendí que la etnografía no busca respuestas rápidas. Busca comprensión profunda. Y eso toma tiempo, convivencia y empatía.

En cuanto a la etnografía virtual, propuesta por Christine Hine, se plantea que internet no debe entenderse únicamente como una herramienta, sino como un campo de investigación en sí mismo. Las comunidades digitales también producen cultura, construyen identidades y generan significados compartidos. Entonces, el trabajo etnográfico puede desarrollarse en espacios virtuales, analizando interacciones en redes sociales, foros o plataformas digitales, siempre considerando el contexto y las dinámicas propias de estos entornos. La lógica sigue siendo la misma que en la etnografía clásica: comprender desde dentro, interpretar prácticas y reconocer cómo se construyen los sentidos colectivos.
Por otro lado, en Avatar se evidencian claramente herramientas propias de la investigación cualitativa. La etnografía y la observación participante se hacen visibles cuando Jake Sully se integra a la comunidad Na’vi. No se limita a observarlos desde fuera, sino que aprende su lengua, participa en sus rituales y convive con ellos. Esta inmersión le permite comprender su concepción desde dentro.
El relativismo cultural se manifiesta cuando Jake deja de considerar primitivas las prácticas espirituales y sociales de los Na’vi y comienza a entenderlas como parte de un sistema cultural coherente. El etnocentrismo aparece en los discursos de los personajes humanos que consideran su tecnología y modelo de desarrollo superiores, desvalorizando la cultura Na’vi.
Además, la película puede compararse con procesos históricos de colonización, en los que un grupo con mayor poder tecnológico invade territorios para explotar recursos naturales, imponiendo su visión del mundo sobre comunidades originarias. De esta forma, la historia funciona como una metáfora de dinámicas históricas y contemporáneas relacionadas con la explotación, el poder y la dominación cultural.

Finalmente, la película plantea una dicotomía entre observar desde la distancia y experimentar directamente la realidad. A partir de esto, puede afirmarse que el estudiante investigador debe asumir una actitud crítica, ética y abierta, comprendiendo que la investigación implica no solo analizar, sino también involucrarse con responsabilidad y respeto hacia las comunidades estudiadas.

Si la etnografía nos pide mirar el mundo con los ojos del otro, ¿qué tan dispuestos estamos a cuestionar nuestra propia verdad cuando descubrimos que no es la única posible? 

¿Lo anotaste Mario Hugo?




martes, 17 de febrero de 2026

Investigaion social cap. 3

 

Ironía

Por: Gabriela Duarte

— Amiga, ¿Team números o team historias?
— Depende ¿estamos hablando de investigación o de Instagram?

Esta semana hablamos en clase sobre Investigación Cualitativa vs Investigación Cuantitativa, y aunque al principio parecía solo decir lo obvio, terminé entendiendo que en realidad es una discusión sobre cómo vemos la realidad: si creemos que se mide o se comprende.

En el video sobre investigación cuantitativa, se explica que este enfoque se centra en el análisis de relaciones entre variables, el contraste de hipótesis y la validación teórica. (Usé el consejo del profe, nada de negritas en medio de los párrafos). Nada es improvisado. Todo parte de un marco de referencia sólido, donde se identifican constructos, se definen variables independientes y dependientes y se seleccionan instrumentos de medida externos al investigador.

También se menciona que la representatividad de la muestra depende del objetivo del estudio: en investigaciones descriptivas se requieren muestras probabilísticas (Lo vi esta semana en estadística y me acordé de investigación social) mientras que en investigaciones explicativas muchas veces se utilizan muestras de conveniencia, como estudiantes universitarios. Esto me llamó mucho la atención porque refuta la idea de que siempre se busca representar a toda la población.

Además, el video resalta que la fortaleza principal de la metodología cuantitativa es la explicación, especialmente cuando se analizan relaciones causales entre variables. Para ello se utilizan técnicas estadísticas univariadas, bivariadas o multivariadas, dependiendo del tipo de hipótesis planteada.

Hasta ahí todo suena lógico, estructurado y potente. Pero mientras escuchaba, no podía evitar pensar que vivimos en una sociedad obsesionada con cuantificarlo todo. En segundo semestre, por ejemplo, la clase de inglés me generaba un estrés gigante. Si sacaba menos de 3, me sentía terrible. No importaba cuánto hubiera aprendido o mejorado. El número definía mi estado de ánimo. 2.9 era fracaso. 3.0 era alivio. 4.5 era orgullo. Mi autoestima dependía de una cifra o en este caso, una nota.

Eso es pensamiento cuantitativo: medir el resultado sin analizar el proceso. Si aplicáramos una mirada cualitativa, la pregunta no sería solo “¿qué nota sacaste?”, sino “¿cómo viviste el aprendizaje?”, “¿qué dificultades enfrentaste?”, “¿qué significó para ti ese proceso?”. Y ahí entra el segundo video.

En el video sobre investigación cualitativa, se plantea que este enfoque busca comprender la vida, los significados, las interacciones y las experiencias humanas, más que explicarlas en términos de causa-efecto. Se destaca que los seres humanos son productores de conocimiento, independientemente de su nivel educativo. Esto rompe con la idea de que solo la academia produce verdad.

También se menciona que la teoría en investigación cualitativa puede construirse de manera emergente, es decir, no siempre parte de hipótesis cerradas, sino de conceptos que se transforman a lo largo del proceso. El diseño es flexible, emergente y multicíclico, lo que significa que puede modificarse según lo que revele el trabajo de campo.

Algo que me pareció clave es que la investigación cualitativa se basa en la intersubjetividad, en el diálogo y en el reconocimiento del otro. El investigador no es un observador distante, sino alguien que interactúa y construye sentido junto con los participantes.

Y aquí es donde no pude evitar conectar todo con redes sociales.

Una vez tuve un video “viral” en TikTok. 93 mil vistas. 13 mil likes. Recuerdo perfectamente la sensación de validación que me dio. Era como si esos números confirmaran que lo que hice tenía valor. Y si no le hubiera ido así de bien, probablemente lo habría borrado. ¿Por qué? Porque hemos aprendido que lo que no tiene números altos no importa.

Tengo amigas obsesionadas con los likes en sus publicaciones y con la cantidad de seguidores. Si una foto no alcanza cierto número, la eliminan. Si pierden seguidores, se estresan. Todo se convierte en estadística personal.

El problema no es la cuantificación en sí. De hecho, gracias a datos cuantitativos podemos evidenciar problemas reales: aumento de ansiedad en jóvenes, horas excesivas en redes sociales, desigualdades estructurales. Los números visibilizan fenómenos.

Pero los números no explican cómo se siente una persona que borra una foto porque no alcanzó suficientes likes. No describen la presión silenciosa de compararse constantemente. No capturan el significado emocional detrás de un “3.0” en inglés.

Ahí es donde la investigación cualitativa se vuelve necesaria. No para reemplazar la cuantitativa, sino para complementarla. Para recordar que no todo lo importante se puede reducir a una variable medible.

Tal vez el problema no sea elegir entre cualitativa o cuantitativa, sino cuestionar por qué hemos empezado a medir cosas que deberían comprenderse. Si nuestra autoestima depende de números, si nuestro valor se mide en likes y si nuestro aprendizaje se resume en una nota, ¿no estaremos aplicando mal la lógica de la medición?

¿Y si el verdadero problema no es la metodología, sino la manera en que estamos usando los números para definir quiénes somos?

En fin… Al final de la clase hicimos un Blooket. Gritamos, nos reímos, nos estresamos, competimos como si fuera el torneo más grande del mundo. Quedamos en segundo lugar, pero con un porcentaje de precisión un poco malo, lo cual es irónico si hablamos de investigación cuantitativa. Si solo miráramos el número, podríamos decir que “nos fue mal”. Pero entendimos las preguntas, debatimos respuestas y aplicamos conceptos. En ese momento me di cuenta de algo: el porcentaje era cuantitativo, pero el aprendizaje fue cualitativo. Tal vez no tuvimos la mejor precisión, pero sí construimos comprensión. Y entonces me quedó rondando una última idea: si incluso en un juego académico los números no alcanzan para medir lo que realmente aprendimos, ¿por qué insistimos en dejar que definan todo lo demás?


Referencias: 

https://youtu.be/8LFZldYnQRE?si=_7sHmnc1uIZcjAbm

https://youtu.be/C677kdLS2BI?si=ANsCQwgMx89vJWb_


 

martes, 10 de febrero de 2026

Investigación Bitácora 2

 

The only thing more powerful than hate is love <3

Por: Gabriela Duarte

 - Lit, amiga

- ¿Lit? Como el nivel literal de mi bitácora de Investigación de la semana pasada.

Honestamente la bitácora que hice la semana pasada fue de mis peores, ese nivel de creatividad y analítico critico que tuvieron mis ultimas bitácoras de teorías III no lo encontré la semana pasada por ningún lado. Esta semana mi propósito es volver a escribir así. Volver a la rutina es raro, es como retroceder dos semestres, la diferencia, es que no tengo la misma concentración en mi casa que en la biblioteca de la universidad un viernes a las 10 a.m.

Para iniciar, en la clase pasada el profe dijo algo que se me quedó sonando en la cabeza, y curiosamente es algo que mi mamá me repite mucho con ejemplos de su trabajo: la cultura del registro. Vivimos en un mundo donde aquello que no queda registrado de alguna forma es muy difícil de creer. Si no hay un correo, un contrato, una foto, un video, un pantallazo o un link, pareciera que el hecho nunca ocurrió. El registro se convierte en evidencia, en prueba, en verdad.

Esto, por supuesto, es muy eficiente en ámbitos como la investigación, el mundo laboral o incluso el ámbito legal. Todo debe quedar documentado, archivado, comprobado. Sin embargo, esta misma lógica puede volverse en nuestra contra. Un comentario dicho “sin pensar”, una broma fuera de lugar o una opinión lanzada desde la rabia puede quedar rodando en internet para siempre. Como dicen en redes: el internet no olvida.

Ejemplos hay muchísimos. Desde las chicas que hicieron comentarios clasistas sobre universidades en un live de TikTok, hasta participantes de realities que dijeron algo racista en televisión nacional y quedaron marcados públicamente. Lo que antes se perdía en el aire, hoy queda registrado, reproducido y amplificado. Esto nos obliga, queramos o no, a ser mucho más conscientes de lo que decimos, mostramos y publicamos.

La importancia de este cuidado se nota incluso en procesos tan formales como la solicitud de una visa. Al llenar el formulario, te piden que pongas tus redes sociales. No es tan simple como suena. El Estado literalmente quiere saber quién eres en internet. Esto me recordó una experiencia personal.

Volvamos a junio de 2024. En cada esquina sonaba “Mami, prenda la radio, encienda la tele”. Todo un país ilusionado con la Copa América, incluso si no te gusta el fútbol. Hasta que llegó el trágico día de la final contra Argentina. El corazón mío así como el de todo un país estaba roto. Para rematar, ver a Richard Ríos, Santiago Arias y James (los novios imaginarios de todas las colombianas) llorar fue demasiado.

Claramente, decidí hacer pública mi rabia en Twitter. Escribí algo sobre Argentina que prefiero no repetir acá para no cometer el mismo error dos veces. El tweet tuvo muchos likes, retweets y comentarios. En ese momento se sintió casi terapéutico: decir lo que sentía y que otros lo validaran. Pero días después caí en cuenta de algo: en el formulario de la visa había puesto mi Twitter. Me imaginé, exagerando un poco pero no tanto, a Trump leyendo mi tweet. El miedo fue inmediato. Decidí borrarlo y no arriesgar mi visa.

Esta experiencia me dejó pensando: ¿cuántas cosas se habrían podido evitar si pensáramos mejor antes de publicar? Muchas de las situaciones de hate, cancelación o bullying digital nacen de impulsos momentáneos que luego se vuelven permanentes. Las redes sociales, cada vez más, se sienten como un lugar menos seguro.

Me impacta especialmente cuando me aparecen cuentas de niños tan pequeños. Pienso en lo expuestos que están y en cómo, desde tan temprano, se enfrentan a dinámicas de validación, comparación y superficialidad. Además, hoy parece que cualquier persona siente la autoridad de opinar sobre cualquier cosa. Sobre cuerpos ajenos, vidas ajenas y decisiones ajenas.

Aquí aparece una pregunta incómoda pero necesaria: si publico mi vida u opiniones personales, ¿estoy de algún modo dando permiso para que otros comenten sobre eso? Un ejemplo claro es el caso de la chica que dijo que “no se puede ser gorda y mala amiga al mismo tiempo”. Ella publicó su opinión desde su cuenta personal, pero el comentario se volvió viral y recibió críticas masivas. Queda la duda de hasta qué punto el internet convierte cualquier opinión en un juicio colectivo sin límites.

Este fenómeno se relaciona con la Ley de Kidlin, que establece que “si puedes escribir el problema con claridad, ya tienes la mitad de la solución”. Esta ley plantea que redactar un conflicto de manera clara y específica elimina la ambigüedad y permite ir a la raíz del problema. En el contexto digital, esto podría aplicarse tanto a nivel individual como colectivo. Antes de publicar, ¿realmente sabemos qué estamos diciendo? ¿Hemos pensado el impacto, el contexto y las posibles interpretaciones?

A nivel global, esto se conecta con una generación que vive hiperconectada, pero muchas veces poco reflexiva. Adolescente o no, hoy todos estamos construyendo una identidad digital que puede perseguirnos durante años. Tweets viejos, videos fuera de contexto o comentarios impulsivos pueden reaparecer justo cuando menos lo esperamos. Tal vez la solución no sea dejar de hablar, ni dejar de opinar, sino aprender a registrar con conciencia. Pensar antes de publicar, escribir el problema con claridad, entender que todo lo que subimos puede volverse evidencia de quiénes somos. En un mundo donde todo queda registrado, cuidar nuestras palabras no es censura: es responsabilidad. 

En fin, las redes sociales pueden funcionar tanto como una herramienta que ayuda a la sociedad, como un espacio que termina afectándola. Todo depende del uso que les demos. Sin embargo, siento que hoy les otorgamos tanta importancia que, en lugar de acompañarnos, muchas veces nos abruman. Vivimos pendientes de una pantalla, de una notificación, de una opinión externa, y poco a poco nos vamos desconectando de nosotros mismos.

Ahora que recuerdo de hace dos semestres: Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, habla de cómo vivimos en una constante autoexplotación, donde creemos que siempre debemos estar produciendo, opinando y mostrándonos. Las redes sociales encajan perfectamente en esta lógica: nos exigen presencia permanente, respuesta inmediata y validación constante. El resultado no es una sociedad más comunicada, sino una sociedad agotada. Cansada de compararse, de explicarse y de justificarse todo el tiempo.

Perdemos demasiado tiempo en redes sociales, tiempo que podríamos invertir en cambiar muchas de las cosas que no nos gustan de nuestra realidad. Ser más productivos, buscar un trabajo, desarrollar un proyecto personal o simplemente descansar sin culpa. En lugar de eso, nos quedamos atrapados en el ciclo infinito de scrollear, observar la vida de otros y sobrepensar la nuestra, creyendo que estamos haciendo algo cuando en realidad seguimos en el mismo lugar.

Esto se relaciona con una lectura que tuvimos para Core la semana pasada, en la que se hablaba de vivir bien. El texto decía que, si nuestra realidad no nos gusta, siempre existe la posibilidad de actuar para transformarla, aunque sea con pequeños cambios. Vivir bien no significa negar el malestar, sino no quedarnos paralizados por él. Las redes sociales, muchas veces, nos ofrecen una falsa sensación de desahogo: opinamos, nos quejamos, reaccionamos, pero no transformamos nada.

Además, el exceso de exposición y opinión constante ha hecho que el odio circule con mucha más facilidad que la empatía. El hate o la "funa" parecen ser respuestas automáticas. Sin embargo, en medio de todo este ruido digital, vale la pena recordar que “The only thing more powerful than hate is love”. Elegir no responder desde la rabia, elegir el silencio, el cuidado o incluso el descanso, también es una forma de resistencia.

Tal vez tomarnos un descanso de las redes sociales no sea huir de la realidad, sino una manera de recuperarla. De dejar de vivir agotados, como plantea Han, y empezar a vivir de forma más consciente. Menos hacia afuera y más hacia adentro. Porque al final, ninguna publicación va a cambiar nuestra vida si no somos nosotros quienes decidimos hacerlo <3

lunes, 2 de febrero de 2026

Investigación social cap. 1

 

Investigando a las 7:00 a. m. + tusa Badbo

Por: Gabriela Duarte

Era un miércoles 28 de enero, el primer día (porque me autocancelé clase el lunes por el concierto de Bad Bunny) de mi quinto semestre de Comunicación Audiovisual y Comunicación corporativa en la Universidad de La Sabana. Empecé el día emocionada por ver a mis amigas y curiosa por las nuevas clases pero también muy nostálgica por el incríble fin de semana que había tenido. Llegué a la universidad aproximadamente a las 6:25 a. m. Generalmente, me transporto en las rutas que ofrece la universidad, ya que son muy convenientes y suelen ser puntuales. Las rutas suelen llegar aproximadamente 40 minutos antes de que comiencen las clases, lo que me deja suficiente tiempo para desayunar con mis amiguitas, echar chisme y organizarme. Este día no fue la excepción.

Al bajarme de la ruta, me encontré con Isa y con Nata para estar juntas antes de la clase. Aprovechamos ese tiempo libre para hablar y ponernos al día después de las vacaciones. Hablamos de todo un poco, chisme, lip combo, cosas de chicas. 

Cuando nos dimos cuenta, ya eran las 7:00 a. m., hora de entrar a nuestra primera clase, Investigación social. Aunque las primeras clases del semestre suelen ser relajadas y dedicadas a presentaciones, siempre generan cierta curiosidad por saber qué dinámicas y temas se trabajarán. 

Esperamos un rato a que terminaran de llegar nuestros compañeros, aprovechamos para tomarnos fotos con mis amigas hasta que el profe dio inicio a la clase. Yo asumí que esta sería una clase introductoria rápida, pero luego me di cuenta de que estaba equivocada. El profe Cobos con una actitud bastante relajada y amigable caracteristica en él, nos pidió que sacáramos una hoja de papel y dibujáramos un dibujo que represantara algo para nosotros. Al principio, la instrucción nos pareció un poco extraña ya que no estábamos seguros de cuál era el propósito.

Aunque al principio estábamos un poco confundidos, seguimos las instrucciones. La actividad seguía con que el profe recolectaba todos nuestros dibujos y los repartía al azar, uno para cada uno, sin que tuviéramos nuestro propio dibujo. La actividad resultó ser mucho más interesante de lo que esperaba. Cuando ya teníamos asignado un nuevo dibujo, debíamos escribir cómo pensamos que era esa persona autora del dibujo representativo, rasgos de su personalidad, gustos o hasta más.

El dibujo que me dio el profe fue uno de una cámara, apenas lo vi pensé: "Creo que es de un hombre". Todos nos mirabamos entre todos para ver quién podría ser la persona que dibujó, revisamos hasta la hoja que había utilizado. Claramente miramos con mis amigas los dibujos que teníamos cada una. Al principio no supe muy bien que escribir así que Isa me ayudó con la primera caraterística. Sentí que era una persona realmente apasionada por el arte y lo audiovisual, que le gustaba hacer las cosas bien. Algo más conceptual. Cuando todos terminamos de hacer nuestra investigación devolvimos las hojitas al profe, ahí fue cuando los autores reales de los dibujos se daban a conocer, dimos datos como nuestros nombres, carreras y expectativas de la clase. 

Sobre mi investigación, puedo decir que creo que lo hubiera podido hacer mejor, aunque no estuvo muy alejada la descripción del autor. Por otro lado, Julián R. fue el que investigó mi dibujo, decidí hacer una conchita de mar, porque: 1. Me encanta recogerlas del mar y regalarlas a personas que amo 2. El mar y la playa fueron mi infancia y mis mejores recuerdos 3. Santa Marta fue la ciudad en la que he pasado la mayoría de mis vacaciones y también en la que he pasado momentos muy retadores de mi vida. 4. Nunca me dejan de sorperender las cosas pequeñas que nos regala Dios por medio de la naturaleza, ni hasta las cosas más simples de la vida. 5. El mar me transmite tranquilidad y me identifico mucho con esa palabra. La investigación de Julián se encaminó a la Formula 1, ya que pensó que hacia referencia a la empresa Shell (igual si me gusta la F1). Aunque si acertó a la parte de la tranquilidad.

El profesor también aprovechó para contarnos un poco sobre su trayectoria y compartir algunas reflexiones. Me llamó mucho la atención cuando mencionó la Odisea de Ulises y cómo las sirenas representan las distracciones o “lo fácil”. Este ejemplo me hizo pensar, ya que muchas veces en la vida universitaria enfrentamos decisiones similares: dejarnos llevar por lo cómodo o esforzarnos para alcanzar nuestras metas.


Otro tema que discutimos fue la memoria y cómo el cerebro retiene información dependiendo de cómo esta se presenta. Fue interesante reflexionar sobre la relación entre texto, imágenes y nuestra capacidad para recordar. En general, la clase me pareció divertida e interesante. Espero tener un buen desempeño y aprender mucho, aplicando esos conocimientos en mi vida cotidiana. Siempre trato de compartir lo que aprendo con otras personas, ya que me ayuda a recordar mejor las ideas y a aplicarlas de manera práctica. Porque como dijo el profe: El que enseña aprende dos veces.

Espero poder aprender no solo conceptos, sino también habilidades que me permitan crecer como estudiante y como persona. Además, seguir conociendo nuevas personas y fortalecer mis relaciones con los compañeros. 

Investigación social cap. 10

  Guttmanchella & Likertchella  Por: Gabriela Duarte Por alguna razón siento que no hago bitácoras hace varias semanas, debe ser porque ...